. Aquel bar se llamaba "La esquina", aunque podría tener un nombre ingenioso y sugerente como Paco o Luís. Entre sus sillas de los ochenta y su televisión en blanco y negro (fruto de la escasa inversión en el material de su propietario) destacaba otra cualidad ciertamente poco habitual.
La gente hablaba sola. Desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche todo aquel que entraba en el bar La esquina tenía conversaciones de lo más sustanciosas, a diferencia que no eran con algún colega ebrio o en paro; eran con ellos mismos. Un vocerío incomprensible aturdía al entrar, y producía una reconfortante discontinuidad sensitiva que, acompañada con un buen carajillo, levantaba los ánimos a aquellos peleles solitarios incomprendidos.
Cerda, mi mujer es una cerda, siempre lavando y hablando por teléfono. ¿Y quién paga todo eso? El agua, el teléfono, todo lo paga el menda. ¡El puto menda!. Pero lo que más me jode es que ya no me la chupa.
Posters y bufandas de futbol Madrileño algún que otro autógrafo personalizado de Tauromaquia hacían presagiar lo que hay podía destilarse.