
mundos en cada mundo y colores que no tienen nombre. La ceniza que a veces desciende
me trae su voz, recodos ciegos
como las huellas que dejan
los que no saben amar,
los que no se dejan amar,
Cuando colocamos luces
en manos incorrectas.
Fragilidad
Somos como barcos fantasmas;

algo nos hace regresar
al lugar del naufragio. como la respiración
de
lo
muerto como una despedida que nunca tubo lugar como Jugar con espejos rotos.
Sigue navegando en barcos de papel, a veces el viento le encamina, pero quien le dice al viento hacia donde debe soplar?

Arde el cielo,
cenizas cubren su cuerpo de fina escarcha incandescente.
Gris se tiñe el cementerio,
un torbellino hace estragos en sus recuerdos,
llora la herida de viejos compañeros.
El alma se disfraza de invierno
con colores de hojas de otoño,
y un corazón se despluma al caer al suelo.
Arde el cielo,
pensamientos derretidos gotean al ritmo de la muerte.
Sudor que riega flores de olvido,
vientos que arrastran pétalos inertes
en una danza invisible de colores fríos.
Ya no recuerda a qué huelen los sueños.
Quizá sea porque están lejos,
quizá sea porque están muertos,
quizá no quiera verlos.
Arde el cielo,
respira el hollín que deja un ángel al escapar del infierno.
Vuela tan alto que se hace nube,
tan descuidado que no ve el fuego,
y su voz dormida desciende hasta morir conmigo.
Ya olvidé a qué saben los sueños.
Quizá sea porque no los veo,
quizá sea porque no los tengo,
quizá todos ardieron.